Patricia, la fascinación por el decoro epidérmico (2005).

 

Patricia, la fascinación por el decoro epidérmico.

Perfomance 2005.

Proyecto Todo comienza en casa.

 

En lo doméstico el poder se establece bajo parámetros de apariencia, es decir la representación de la identidad del ciudadano proyectado en el espacio que habita, produciendo una cantidad de escenarios y ambientaciones que ornamentan el diario vivir, es dicha representación que se condiciona a partir de la proyección del deseo propio, de la ficción rearticulada a través de los objetos, recuerdos, anhelos y aspiraciones propios de una o varias narraciones que se van instando poco a poco en el hogar, como un archivo pero con una clasificación que se remite más al universo sensible.

 

Así el souvenir en todas sus condiciones de recuerdo de un viaje como la reproducción de la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad, la puerta de Brandemburgo, el animal de ónix, el chancho de Pomaire o la cuchara de plata surten efecto instalados en la repisa o mueble de centro, donde el orden simula una cierta jerarquización sin lograrlo, asignándole un valor más elevado al objeto que es más significativo emocionalmente, cuya carga reside en la narración, historia o el acontecimiento que lo conlleva a estar situado en dicho lugar.

 

Las posibilidades de reflexión sobre la decoración y la creación de objetos para ornamentar un espacio pueden ser variadas y con un sin número de variables y conexiones. Si bien la definición del diccionario es clara y precisa –decoración, acción o efecto decorar; decorar, adornar una cosa o un sitio con accesorios para embellecerlo; adornar, lo que sirve para hermosear persona o cosa–, todos los significados nos remiten a una acción de cambio producto de una cierta mirada o gusto que hasta el momento no requieren un conocimiento previo y sin duda tampoco un establecimiento objetivo. En este sentido, la idea de generar una obra que abarcara el espacio doméstico surge en este caso desde la invitación a intervenir un territorio cotidiano: la vivienda, se solicitaba a distintos artistas intervenir una casa de clase media en Gran Avenida habitada por una familia, puntualmente por la madre, el padre, hermano y el artista creador del proyecto.

 

Al observar el espacio potencial de intervención, se generan cuestiones en base a la diferencia que existe entre los modos de relación de orden y estética que tienen los residentes para con los objetos, es decir, básicamente un tema de gusto, centrándose finalmente en las posibilidades de ciertas miradas y cómo desde la poética, política o estética se podría abordar un proyecto de tales características. La reflexión, que no se encuentra en la crítica sino más bien en la confrontación que surge a partir de la molestia que causa el cambio del orden establecido de los objetos de un inmueble y que trae a la memoria la disputa cotidiana con la empleada doméstica, a quien yo cuestionaba su accionar por mover un florero. El problema ahí giraba en torno al cambio de posición de este objeto desde una mesa de arrimo puesta en la entrada de mi departamento, hacia la superficie de uno de los parlantes del equipo de música instalado en el living de la casa, con todas las repercusiones técnicas que conlleva instalar un objeto de vidrio sobre un artefacto que vibra.

 

La anécdota o experiencia articula el proceso de obra, en tanto genera el cuestionamiento por las instancias de poder que surgen en el cotidiano, es decir, hay una condición de orden incuestionable dentro de la propiedad en el cual no cabe posibilidad de crítica. El código implícito que se observa desde la disputa del florero, origina una segunda lectura que surge por medio del gesto de emplazar el florero sobre el parlante, gesto que particularmente parecía estar más ligado al gusto específico de la nana. Luego de observar en reiteradas ocasiones el mismo modo de accionar, se articula la relación del gesto con un procedimiento museográfico de situar el florero sobre el parlante negro como si éste representara finalmente un plinto; en cierta medida, la académica estética (la conducta adquirida).

 

La relación de poder que se establece en el territorio doméstico, en conjunto a la condición implícita del orden y estructura de los objetos y los espacios en la casa, sumado a la relación estética que encuentra razón de ser en la insistente instalación del florero sobre el parlante-plinto, propone generar una ficción como intervención dentro de la casa de Gran Avenida, articulada por una performance travestido en mujer bajo el rol de empleada doméstica.

 

La performance se realizó en torno al personaje Patricia que desarrolló labores cotidianas e importantes –pensadas bajo el criterio que utilizaría una nana–, centradas en el maquillaje doméstico de la casa con sus trabajos particulares de limpieza y distribución de objetos en el espacio (instalación). En este sentido, el travestir conforma una caracterización del personaje ajeno al espacio doméstico, que sin embargo en su condición foránea propone mediante el nuevo orden o disposición de los objetos significantes una relectura del acontecimiento, adhiriendo su propia experiencia. La labor doméstica termina con el descubrimiento de un texto adherido al piso que describe parte de un manual de cosmetología de los años 60´ y que bien relaciona la acción de la performance y las poéticas del espacio privado con las relaciones políticas del espacio exterior de parte de nuestra historia.

 

 

“ Estas áreas se pueden disfrazar eficazmente aplicándose una base de un tono más claro sobre el lugar o la marca y combinar cuidadosamente los bordes con el tono del resto de la piel. En algunos casos se puede eliminar dichas áreas mediante una sencilla intervención”.