El soberano necesita casa

Fco. Javier Cuadra.

Sobre la obra "Territorio Cifrado".

Enero | January 2001.

Homero describe con detalles el Palacio de Odiseo en Itaca, símbolo del destino buscado por el errante del Mediterráneo al término de la Guerra de Troya. Nerón construye su Domus Aurea, tesoro todavía reservado a los arqueólogos, mientras la Villa de Tívoli que ideó y construyó Adriano aún está ahí, abierta al sol, al viento y a los turistas como síntesis de los mejores estilos arquitectónicos entonces conocidos. Ambos edificios son símbolos de gloria política, económica y cultural. Siglos más tarde, Felipe II construye El Escorial (palacio, monasterio y sepultura) y Luis XIV desarrolla su Versalles (palacio, corte, jardines, etc.), fuente de tantas inspiraciones posteriores. Los soberanos hacían su casa básica y le agregaban -como un mecano- otras funcionalidades según sus ideas, creencias e intereses. Como símbolo material, la casa del soberano confundía exquisitamente su identidad y su imagen.

 

La Moneda originalmente no era un palacio de soberano. Sólo era la sede de la Real Casa de Moneda de los monarcas Borbones de España para Chile y parte de América del Sur. Allí se hacía el dinero que la monarquía autorizaba a circular en esta parte del mundo. La Moneda incluso era la mitad norte del edificio actual. El General Ibáñez le agregó la cara sur en plena dictadura (1927-1931). Fue ideada por el arquitecto italiano Toesca, quien para seguir el modelo clásico de moda en el siglo XVIII se inspiró en algunos palacios nobles y eclesiásticos de Roma y Nápoles. En plena estructuración de la República, el Presidente-General Bulnes la transformó en sede del Poder Ejecutivo y casa de los Presidentes de la República de Chile.

 

La Moneda, entonces, nunca ha sido habitada por el soberano. No vivieron allí ni Carlos III ni Carlos IV ni Fernando VII, por quien -detenido por Napoleón Bonaparte- se hizo la Junta de Gobierno de 1810 que devino ocho años más tarde en la Independencia y en la constitución de la República de Chile. Como en el sistema democrático el soberano se llama "nación", que en cualquier día de nuestras vidas es el conjunto indeterminado y siempre dinámico de "ciudadanos" que como "pueblo" ejercen el poder por diferentes vías (elecciones, plebiscito y autoridades constitucionales), tampoco este otro soberano ha vivido en La Moneda. Sólo lo hacen sus representantes ejecutivos.

 

Es decir, en su origen, La Moneda no es casa de soberano -como tal- ni ahora es el soberano quien la habita. Otra señal del realismo mágico de América: las cosas no son lo que eran, son lo que no eran, ¿qué serán mañana?.

 

Mientras tanto, las puertas norte y sur de La Moneda conforman un corredor por el que pasan de norte a sur y viceversa los aires y los vientos de Chile, produciendo los cambios de nuestra vida colectiva. Así La Moneda, como paso arriba-abajo y abajo-arriba, como paso vertical norte-sur, es símbolo del poder público formal del país. Expresa bastante del autoritarismo de todos, derechas, centros e izquierdas de ahora y siempre, ese entender las cosas de la política -e incluso de la vida- como filtradas por una relación superior-inferior. Por ello es que la lucha por La Moneda caracteriza tanto, en general, a nuestros políticos. Esa es precisamente la función simbólica del edificio de Toesca. Creemos -y en parte es cierto- que allí está el poder, el gobierno, la administración, la gestión más importante del Estado. Es La Moneda de las leyes y decretos.

 

Pero, aunque nunca un soberano de carne y hueso haya vivido en La Moneda como ocurrió en la tradición política de Europa y de la América precolombina, los representantes del soberano en Chile también dejaron algo de la humanidad entre las murallas viejas y nuevas del palacio. Hay, en este sentido, una imagen exquisita. Hijo del Superintendente de la Real Casa de Moneda durante la monarquía, siendo niño don Diego Portales -Ministro del Presidente Prieto y artífice político del orden presidencial de la república democrática- jugó en los patios y oficinas de La Moneda vieja. La república jugó como niño en el espacio de la monarquía. Y después creció. Y el crecimiento significa, como lo sabemos cada uno de nosotros en nuestras vidas personales, luces y sombras, alturas y profundidades, expansiones y contracciones, éxitos y fracasos, lucidez y madurez y con ellas también el desencanto y el deterioro que nos muestra la vida y nos prefigura la muerte. La Moneda tiene, pues, las cicatrices de la edad.

 

Uno puede visitar las dos caras de La Moneda: la del poder y la de la humanidad. Si se quiere, La Moneda del patio de los cañones y La Moneda del patio de los naranjos. ¿Cuántos espectros, fantasmas y monstruos recorren sus dependencias?. ¿Qué de estas dos caras percibe el soberano que ahora visita su casa?. Cada uno de nosotros, como parte del soberano, qué prefiere, ¿cañones o naranjas?. Más pragmáticamente, ¿qué combinación de naranjas y cañones?.