Las manchas que no están

“out, damned spot! out, I say!

(Macbeth, Act V, esc.1)

 

Mauricio Barría

Sobre la obra "Territorio Cifrado".

Enero | January 2001.

El Palacio

 

La mano acostada sobre la tibieza granulada del muro del palacio. La mano blanca de lady Macbeth recorriendo, haciendo chirriar sus uñas para ver si,  así, despierta alguna vieja imagen de su memoria.

La mano escarba el polvo, esperando encontrar alguna antigua mancha vascular  - que le sirva de seña – una mancha, al menos, un orificio que de cuenta de la potencia del tiro.

Pero no hay nada.

En su lugar una fachada de balcones muertos, donde la pintura blanca cubre las asperezas incómodas del granito, intentando velar y reconstituir los fragmentos de algo a lo que le faltan piezas: la historia de su gobierno, la historia misma del poder.

Pero no hay nada.

Entonces, lady Macbeth intenta oír.

Oír en el fondo del palacio alguna resonancia capturada, algún quejido de esos que ella supone sucedieron. Y en vez de voces, sólo el sonido de la zambullida de una moneda en la fuente del patio naranjo. La reina se esfuerza y la alcanza. Al fin, lo único que hay es una moneda en la mano de lady Macbeth. Una moneda que ha perdido su alcurnia metálica y ha sido trocada por la babosidad verde del fondo de una pileta.

 

Una moneda en la mano y la mano como la moneda. La mano como el Palacio. En definitiva es lo que queda.

(Entonces ella recuerda)

 

 

La Mano

 

 

Su mano blanca. Y le dice: “la mano obra el sutil propósito del deseo.”

(La mano empuñando el arma y dejándose caer pesada sobre el pecho).

“La mano hace la historia” – le insiste – (y cubre con la mortaja el rostro del muerto).

La mano obra la historia y se ensucia. La mano se mancha y sólo cuando se mancha aparece como lo que es, el temple de una voluntad:

 

Dadme los puñales. Los durmientes y el muerto son sólo como imágenes  ...   Mis manos están del color de las vuestras, pero yo me avergonzaría de llevar  un corazón tan pulcro ...1

 

Entonces, la mano escribe la historia.

Escribe las cartas y las proclamas; firma las actas y las sentencias. Pero cuando escribe desaparece como cuerpo. La mano cuando ejecuta deja de ser órgano, porque el cuerpo es insoportable a la voluntad. El cuerpo le pesa a ésta, la hace temblar.

La mancha hace a la mano  - susurra la reina – y por un fugaz momento consigue entender, ahí, recién ahí entiende porque el poder debía hacer desaparecer el cuerpo.

Y sin embargo,  la mancha hace a la mano:

 

- “Desde que su majestad partió a campaña la he visto abandonar su   lecho, echarse encima una bata, abrir su bargueño, sacar papel, doblarlo, escribir en él, leerlo, luego sellarlo y volver a acostarse; pero todo este espacio sumida en profundo sueño.

- Veis, sus ojos están abiertos.

- Si, pero privados del sentido.

- ¿Qué es lo que hace ahora? Mirad cómo se frota las manos.

- Es acto habitual en ella, aparentar así que se lava las manos...2

 

Pero las manchas no están aquí. Las manchas nunca estuvieron, porque nunca hubo tales: el poder no deja huella (gramma)  - por más que se refriegue el muro nunca se hallará nada.

Y si el poder es algo que no deja huella, ¿cómo es posible cifrarlo? Más todavía ¿presumirle un territorio? Pues dónde ocurriría algo así como el evento del poder, sino en la mancha que no está.

 

 

 

La Obra

 

La pregunta  - ¿Apareció realmente La Moneda? -  que propone la obra de Patricio Vogel,  acusa desde ya un fracaso. Nunca aparecerá aquello que no tiene cuerpo, ante todo, porque le rehuye, porque no tiene mancha, no deja huella, ni registro. Porque el poder (si a algo denotamos con esa palabra) no tiene, ni se tiene, ni siquiera es posible referirlo. Infinita sustracción de sí, como el puro apetito de sí mismo, se engulle como un hoyo negro, y por eso no tiene nombre, porque  está ahí precisamente donde la palabra se quiebra.

Si la operación de proyectar contra la fachada sur del Palacio algo pretende mostrar, ello no será nunca el poder. Tal como lo imagina Vogel, los lugares de poder no se pueden abrir, son, por definición, inaccesibles; y una proyección apenas entreabre los ojos del sueño, sin despabilarnos.

 

“- El Barón de Fife tenía esposa: ¿dónde está ella ahora?3

 

Tal vez voltear la cabeza hacia la cita que inscribe la instalación:

*COMPLETAR CITA*

 

Ahí donde las palabras fracasan significa, fracaso  de ante mano de cualquier intento de representar el poder:

 

“- ¿A qué temer que alguien lo sepa, si nadie puede pedirle cuentas a nuestro poderío?4

 

 

El poder  - como el cadáver (nekrós)5 pone en fuga los sentidos. Así como son incomprensibles los actos de lady Macbeth para sus testigos preferenciales, el médico (la ciencia) y la mucama (el vulgo); el poder es eso que nunca podemos ver, y sin embargo, imposible evitar admirarlo. Lo sumo despreciable (atimotátos), revienta cualquier intento de aprehensión; es indescriptible porque espanta, tanto como fascina.

Y tal resistencia mimética, tal insustancialidad de cuerpo demuestra, que el poder sólo se-da como la cisura de una De-cisión. Como el corte resuelto de la hermana fatídica  - la Moira -  que acaece siempre abruptamente sobre las espaldas de los oponentes.

 

 

- ¿Quién iba a pensar que el viejo tuviese tanta sangre?6

 

Una de-cisión no tiene ni antes ni después, antes porque es imposible anticiparla, después porque sólo le restan sus consecuencias. La de-cisión corta, y lo que corta es a la memoria. (En) la de-cisión, entonces, (se) suspende el tiempo.  Inagarrable para un entendimiento que quiera dar cuenta de ella; la de-cisión no es, la operación de la voluntad de un sujeto, porque  no está en el tiempo, no hay discurso posible sobre el poder.

 

Pero no por esto la de-cisión anula el tiempo, suspender designa una transitoriedad. El suspenso dura cuanto dure el pasmo que ocasiona la decisión.  Tal perplejidad es,  a su vez, la cisura y su profundidad. Profundidad dolorosa, en la cual, se da  el lugar al  tiempo. La de-cisión da-el-tiempo, aun estando afuera, como la grieta de una mano carga el relato del destino: “La decisión, que ya hace mucho a despuntado en lo oculto y disimulado, es la (decisión) por la historia o por la pérdida de historia” (Heidegger, Del  Acontecimiento).

La de-cisión nos hace entrar en la Historia, pero no estando nunca en ella. Por eso es inútil someter a juicio los actos de poder, pues el poder no se halla como no se hallan hoy los cadáveres.

 

Sin embargo permanece un olor.

Es cosa de dar vuelta por la manzana del Palacio. Un cierto aroma que ningún perfume es capaz de disipar. Y si el olor produce asco; y si el asco contrae lo suficiente el diafragma (thymos), para provocar una convulsión ventral, entonces no se cumplirán por primera vez las palabras de la vieja reina:

 

To bed, to bed, to bed...

 

Porque en esta cuadra algo huele mal,  algo que no nos deja dormir

 

 

 

 1 W. Shakespeare,  Macbeth, , Acto II, esc.II

 2 Macbeth, Acto V, esc.I

 3 idem

 4 Macbeth, Acto V, esc.I.

 5 Aristóteles, Poética, 1448b 12.

 6 Macbeth, Acto V, esc.I.